domingo, 19 de mayo de 2013

¿Ser?


Polvo en la mañana
Polvo en la pipa
Polvo en las manos
Polvo en segundos
Polvo en mi tiempo
Polvo en los cuerpos
Polvo en la espera
Polvo en las almas
¿Cuáles almas?

lunes, 13 de mayo de 2013

Stephen Hawking y el decoro



Escribió José Martí que en el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en si el decoro de muchos hombres. Y el físico inglés Stephen Hawking es una muestra fehaciente de esos hombres que llevan consigo mucha luz y decoro. Este prominente científico ha decidido boicotear, con su no participación, la Conferencia Presidencial de Israel ("evento anual que reúne a lo más selecto de la sociedad israelí: políticos, empresarios, periodistas, académicos y altos mandos del ejército"). Enhorabuena! y felicitaciones a Stephen Hawking.

martes, 7 de mayo de 2013

Guantánamo me duele


Días atrás el diario The New York Times publicó el testimonio de Samir Naji al Hasan Moqbel, yemení acusado de luchar con los talibán en Afganistán, preso en la Bahía de Guantánamo desde 2001. El semanario electrónico www.sinpermiso.info, ha traducido al castellano esta desgarradora testificación de un hombre que agoniza ante la indiferencia de un mundo donde la hipocresía y el doble rasero constituyen la norma. La prisión de la Base Naval de Guantánamo en Cuba, se ha convertido en el gulag estadounidense en pleno siglo XXI. Infame lugar que nos convierte en cómplices de uno de los pasajes más bochornosos de nuestra história contemporánea. Reproduzco, a continuación, el clamor de un hombre que necesita ser escuchado. A Samir Naji al Hasan Moqble, Guantánamo le está matando. A mí, Guantánamo me duele.

Hay un hombre aquí que pesa sólo 35 kilos. Otro, 45. La última vez yo pesaba 58 kilos, pero de eso hace un mes.

Llevo en huelga de hambre desde el 10 de febrero y he perdido más de 13 kilos. No volveré a comer hasta que me devuelvan mi dignidad.

Llevo detenido en Guantánamo once años y tres meses. No se me ha acusado nunca de ningún delito. Nunca he sido sometido a juicio.

Podría haber vuelto a casa hace años — nadie piensa en serio que yo represente una amenaza — pero aún sigo aquí. Hace años, los militares decían que yo era “guardia” de Osama Bin Laden, pero esto era una insensatez que parecía sacada de las películas norteamericanas que solía ver. Pero no parece importarles el tiempo que pueda pasar aquí.

Cuando vivía en mi Yemen natal, en el año 2000, un amigo de la infancia me contó que en Afganistán podía ganar más de los 50 dólares mensuales que me pagaban en una fábrica y sustentar a mi familia. La verdad es que nunca había viajado y nada sabía de Afganistán, pero hice la prueba.

Me equivoqué al confiar en él. No había trabajo. Quise marcharme, pero no disponía de dinero para el vuelo de regreso. Tras la invasión norteamericana de 2001, huí a Paquistán como todo el mundo. Los paquistaníes me detuvieron cuando les pedí ver a alguien de la embajada de Yemen. Me mandaron entonces a Kandahar y me pusieron en el primer avión a Guantánamo.

El mes pasado, el 15 de marzo, me encontraba en el hospital de la prisión enfermo y me negué a que me alimentaran. Irrumpió un equipo de E.R.F. (Fuerza de Reacción Extrema), un pelotón de ocho policías militares equipados como antidisturbios. Me ataron las manos y los pies a la cama. Me insertaron a la fuerza una vía intravenosa en la mano. Pasé 26 horas en este estado, atado a la cama. No me permitieron ir al baño a lo largo de todo este tiempo. Me introdujeron un catéter que era doloroso, degradante e innecesario. Ni siquiera me dejaron rezar.

Nunca olvidaré la primera vez me introdujeron el tubo de alimentación por la nariz. No puedo describir lo doloroso que resulta ser alimentado por la fuerza de este modo. Mientras me lo insertaban, me daban ganas de vomitar. Sentía un dolor intenso en el pecho, la garganta y el estómago, un dolor como nunca había experimentado antes. No le desearía a nadie un castigo tan cruel.

Todavía siguen alimentándome a la fuerza. Dos veces al día me atan a una silla en mi celda. Me atan los brazos, las piernas y la cabeza con correas. Nunca sé cuándo van a venir. A veces aparecen de noche, incluso tarde, a las 11, cuando estoy durmiendo.

Hay tantos de nosotros que están en huelga de hambre que el personal médico cualificado ya no se basta para llevar a cabo la alimentación forzosa; nada se hace a intervalos regulares. Alimentan a la gente durante las 24 horas del día para mantener el ritmo.

Durante una de las sesiones de alimentación forzosa, la enfermera empujó el tubo hasta metérmelo más de 40 centímetros en el estómago, haciéndome más daño de lo habitual al apresurarse. Le pedí al intérprete que le preguntara al doctor si el procedimiento se estaba realizando correctamente o no.

Era tan doloroso que les rogué que dejaran de alimentarme. La enfermera se negó a dejar de alimentarme. Mientras estaban terminando, parte de la “comida” se derramó sobre la ropa. Les pedí que me cambiaran, pero el guardia se negó a dejar que me aferrara ese último resquicio de dignidad.

Cuando vienen, me obligan a sentarme en la silla, y si me niego a que me aten, llaman al equipo de la E.R.F. Así que puedo elegir. O ejerzo mi derecho a protestar por mi detención y me dan una paliza o puedo someterme a una dolorosa alimentación a la fuerza.

La única razón por la que estoy aquí todavía es porque el presidente Obama se niega a devolver a ningún detenido a Yemen. Esto no tiene ningún sentido. Soy un ser humano, no un pasaporte, y merezco que me traten como tal.

No quiero morir aquí, pero hasta que no hagan algo el presidente Obama y el presidente de Yemen, es a eso a lo que me arriesgo cada día.

¿Dónde está mi gobierno? Me someteré a cualquier “medida de seguridad” que se me pida para poder volver a casa, aunque sea totalmente innecesaria.

Aceptaría lo que fuera necesario para poder ser libre. Tengo ahora 35 años. Lo único que quiero es volver a ver a mi familia y llegar a tener familia propia.

La situación es hoy desesperada. Todos los que se encuentran detenidos aquí sufren intensamente. Hay por lo menos 40 personas en huelga de hambre. Todos los días hay gente que se desmaya de agotamiento. Yo he vomitado sangre.

Y no hay un final a la vista para nuestro encarcelamiento. Negarnos a nosotros mismos alimento y correr riesgo de muerte todos los días es la decisión que hemos elegido.

Sólo espero que por el dolor que sufrimos los ojos antes del mundo se detengan de nuevo en Guantánamo antes de que sea demasiado tarde.

domingo, 5 de mayo de 2013

Coconut Grove y sus parias



La libertad es el lujo que no todos pueden permitirse

Veintiún años atrás el entonces noble vecindario de Coconut Grove me acogió en su seno. Este suburbio ha sido incluso capaz de redimir mis nostalgias. De los primeros años recuerdo especialmente Hungry Sailor, emblemático bar jamaicano ubicado en el mismísimo corazón del Grove y que recogía, en su promiscua intimidad, la esencia espiritual de su entorno. Del Marinero Hambriento sólo queda el recuerdo. La avalancha de nuevos ricos que comenzó a finales de los noventa dio continuidad a la mutilación de los años setenta, cuando el poder establecido expulsó del barrio a los hippies de entonces.

De la pequeña propiedad privada sólo se resisten algunos restaurantes de corte europeo y asiático. Romero Brito, el impresor en serie, ha invadido el área contaminando el aire con el kitsch bien enmarcado. Algunos genuinos artistas de la llamada generación Baby Boomers, aún deambulan con diginidad por el vecindario manteniendo una suerte de pseudo comunidad que los salva.

Hay, sin embargo, un reducido grupo de marineros hambrientos en Coconut Grove que, en mi opinión, constituye el bastión de la resistencia. Esta gente pernocta en embarcaciones muy precarias ancladas en las afueras de la bahía; este minúsculo grupo se traslada a pie o en bicicleta y se alimenta como los pájaros. Seres libres en su médula que optaron por la intemperie pero no por el desamparo.

Estos marineros en tierra de Coconut Grove, representan la gran paradoja de una sociedad que consagra el triunfo del individuo a partir de su secuestro. Sociedad que premia el esfuerzo arrodillado y, convierte en paria, la necesidad de vuelo.

En la foto: Algunos de los parias de Coconut Grove.