miércoles, 18 de mayo de 2011

Una humedad que corta la mano...



dijo ella refiriéndose al clima de Buenos Aires. Yo, en cambio, pensé con morbo en su metáfora. Bebí sediento de su humedad, hasta que mi boca se cortara con el filo de sus labios. Su metáfora me sedujo a tal punto, que toda su existencia se volvió húmeda: Sus senos se hincharon como guanábanas tiernas, sus pezones se convirtieron en rabiosos erizos, y sus labios... 


Una china me sonríe, cual zorra asiática. Hay algo de aquella metáfora en la sonrisa de esa china. Sin embargo aparece mi osa en el crepúsculo del norte, entonces todo se desvanece.


Hay una flaca húmeda sentada al borde de la bahía. A su lado, un gil entusiasta que no es capaz de olfatear el  salitre fresco de sus labios. Pero vuelve mi osa desde el crepúsculo del norte, entonces todo se desvanece.


Una hermosa y húmeda caboverdiana propone escuchemos a Salif Keita en la humedad del vino. Oh, Dios, cuánta humedad que amenaza con cortarme la mano. Pero ahí está de nuevo mi osa, en el crepúsculo del norte... entonces todo se desvanece.


Una mujer muy madura me engaña húmeda desde su lecho. Su marido no la humedece. Entonces aparece firme mi osa, en ese hermoso crepúsculo del norte.


Todo se desvanece...

2 comentarios:

ZoePé dijo...

quérarojuraríaqueestosucedióantes

Anónimo dijo...

Esto sucede todos los dias