
Por: Alexis Figueredo
El espionaje es uno de los oficios más antiguos en la historia del ser humano; casi siempre es ejercido por vocación, convicciones y hasta por principios. Han existido espías famosos como Aldrich Hazen Ames, norteamericano que comenzó espiando contra el Comunismo y terminó convertido a este. La lógica del auténtico y racional espionaje nos conduce a la guerra, la enemistad y rivalidad entre las Naciones donde, en ocasiones, están en juego la seguridad nacional y hasta la sobrevivencia de los países involucrados. Sin embargo, en el caso del espionaje israelí existen ciertas características que le distinguen y hacen de Israel un país muy sui generis en cuanto a este asunto.
Ayer, la prensa informó sobre el arresto de Steward David Nozette, científico estadounidense que había trabajado para la NASA y el Pentágono. A Nozette -quien tuvo acceso a tecnología nuclear altamente secreta y documentos vinculados a la Defensa nacional- se le acusa de espiar por dinero para Israel. Es importante subrayar el aspecto de "vender" información, es decir, espiar por dinero, ya que cuando de espías judíos al servicio de Israel se trata el dinero es casi siempre el móvil que matiza el modus operandi y las motivaciones de los implicados. A pesar de que siempre se pregona la fidelidad al estado de Israel desde la religión y la etnicidad, lo cierto es que la historia evidencia una fuerte vinculación del dinero y la codicia material en el espionaje judío. Por lo tanto, se puede deducir y hasta concluir de que Israel ejerce en muchas ocasiones el espionaje a modo de prostitución. Lo que hace que los judíos establezcan una especie de simbiosis muy peculiar entre dos de los oficios más antiguos: la prostitución y el espionaje.
Es precisamente esa prostitución del oficio, lo que convierte a Israel en una nación ingrata, desagradecida y desleal.
Israel es un Estado parasitario. Son muchos los millones de dólares destinados anualmente desde EE.UU. a esa nación; dinero que sale de los bolsillos del contribuyente norteamericano y que termina financiando la política hostil y sionista de ese país. Además, como boomeran sofisticado, parte de ese dinero regresa a EE.UU. con el objetivo de comprar políticos estadounidenses y ejercer el cabildeo a través del poderoso lobby judío en este país.
Mucho se ha escrito (sin que haya tenido la trascendencia que merece) sobre el contrato tácito existente en EE.UU. para censurar cualquier opinión que 'ofenda' la visión glorificada de Israel. Mucho también se ha escrito sobre los espías judíos en el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC). Steven Rosen y Keith Weissman son sólo dos ejemplos.
En el año 1999 durante la presidencia de Bill Clinton, se trató de negociar la libertad del espía judío Jonathan Pollard, quien fuera capturado por el FBI en 1984 y juzgado y condenado a cadena perpetua en 1986, acusado de entregar a Israel los métodos de trabajo de todos los servicios de inteligencia de EE.UU., además de traicionar al Navy. En aquel entonces, Pollard declaró que "era su deber como judío informar a Israel de las amenazas que le rodean"; sin embargo, el deber de Pollard como judío estuvo sustentado por el dinero, pues vendía información clasificada. Jonathan Pollard llegó incluso a convertirse en una ficha importante dentro del tablero político del Plan de Paz que proponía Clinton, en aquella fecha, para palestinos e israelíes. Es conocido como el poderoso cabildeo judío de Israel, encabezado por Benjamin Netanyahu, casi logra el perdón presidencial para Pollard, lo que motivó que los servicios de inteligencia de EE.UU. le declararan la guerra a Bill Clinton amenazándolo con la dimisión masiva si el agente era puesto en libertad.
De lo que no hay duda es que Israel tiene la rastrera tendencia a morderle la mano a su principal benefactor; de ahí que siga en pie esa interrogante sobre quién predomina realmente en cuanto a inteligencia y astucia dentro de la relación incondicional entre EE.UU. e Israel. Yo me inclino por el Estado hebreo.
Cuenta la historia que Margaretha Geertruida Zelle (Mata Hari) se valía de su cuerpo para desarrollar su labor como espía, algo, en mi opinión, mucho menos indigno que la vulgar prostitución que caracteriza al espionaje judío.
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